Hay días en los que una abre el ordenador con la intención de escribir una escena y termina abriendo, sin querer, un debate filosófico sobre el futuro de la humanidad. O al menos del futuro de las historias.
Hoy la palabra de moda es inteligencia artificial. Y, más concretamente, su presencia —cada vez menos discreta— en el mundo de la escritura. Porque ya no hablamos de herramientas que corrigen comas o sugieren sinónimos. Hablamos de textos enteros. De relatos. De novelas. De voces que suenan sorprendentemente humanas… sin haber pasado nunca por el proceso incómodo, lento y profundamente imperfecto de serlo.
Y claro, una se pregunta cosas. No tanto si la IA escribe bien —que a veces lo hace—, sino algo más incómodo:
¿qué estamos llamando exactamente “escribir”?
Porque escribir, al menos para quienes lo hacemos desde dentro, no es solo producir texto. Es dudar. Borrar. Volver atrás. Obsesionarse con una frase absurda durante horas. Escribir es quedarse mirando una escena que no funciona hasta que, de repente, casi sin avisar, empieza a latir.
La inteligencia artificial no duda. No se bloquea. No tiene días en los que todo le parece malo y decide que quizá debería dedicarse a otra cosa más estable, como la contabilidad. Y, sin embargo, ahí está. Escribiendo.
No se trata de demonizarla —sería ingenuo y probablemente inútil—. La IA es una herramienta, y como toda herramienta, depende del uso. Puede ayudar, puede acelerar, puede incluso inspirar. El problema no es su existencia. El problema empieza cuando confundimos eficiencia con creación, o cuando empezamos a valorar un texto más por lo rápido que se produce que por lo que realmente contiene. Porque la literatura, al menos la que a mí me importa, no es un producto de velocidad. Es un producto de obsesión. Y eso no es muy escalable.
También está el otro lado, el que no siempre se dice en voz alta: la incomodidad. Esa sensación extraña de preguntarte si lo que estás haciendo —lo que llevas años aprendiendo a hacer con paciencia y cabezonería— puede ser replicado en segundos por algo que no siente cansancio ni orgullo ni miedo al juicio ajeno.
Es una pregunta incómoda, sí. Pero no necesariamente nueva.
Cada avance tecnológico ha obligado a la escritura a redefinirse. La imprenta. Internet. Las redes sociales. Siempre hay un momento de vértigo, seguido de adaptación, seguido de una nueva forma de contar historias. Quizá esto sea solo otro de esos momentos. O quizá no. Quizá lo único que cambie de verdad no sea la escritura en sí, sino la manera en la que la miramos. Qué valoramos. Qué decidimos llamar voz.
Porque una cosa sigue siendo cierta, al menos por ahora: la IA puede generar texto. Pero no puede vivir una historia antes de escribirla. Y eso, aunque no lo parezca, sigue marcando la diferencia. Al menos hoy.
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La IA no puede sustituir a un escritor, no puede plasmar sensaciones como un humano.