Conociendo Menta y Chocolate: Lee el primer capítulo

Publicado el 29 de octubre de 2026, 7:00

 

Menta y Chocolate: el principio de una historia

Hay historias que empiezan mucho antes de que sus protagonistas se planteen que entre ellos pueda existir algo más que una historia compartida.

La de Eva y Andrés comienza en la infancia, cuando la vida todavía parece tener todas las respuestas por delante. Ella es la mejor amiga de Ana, la hermana de Andrés, y el destino se encarga de cruzar sus caminos. Después llegarán las despedidas, la distancia y los años, que no siempre dejan las cosas donde las encontraron.

¿Puede cambiar la forma en que miramos a alguien a quien conocemos desde hace tanto tiempo?

Te invito a descubrir cómo empieza la historia de Eva y Andrés. Quizá, después de este primer capítulo, te apetezca seguir leyendo.

El verano que el destino hizo el primer nudo

VALENCIA, AGOSTO DE 1990

Eva

   Risas, carreras, gritos, ladridos y el eterno crepitar de las chicharras ponían banda sonora a la calurosa mañana de agosto. El termómetro rozaba los cuarenta grados que la ponentà, soplando sin piedad, transformaba en un auténtico horno flotante. Sin embargo, ni a mis siete primos ni a mí nos amedrentaba el calor. Untados en una gruesa capa de crema Nivea que ocultaba nuestra piel bajo un manto blanco, nos enfrentábamos al verano valenciano.

   A mis casi ocho años —tendría que llegar noviembre para cumplirlos—, había aprendido que el calor de la terreta no se explica: se padece. Cuando lo vives, descubres que en Valencia el calor entra por el oído al ritmo de los insectos, huele a protector solar, cloro, césped recién cortado y a las brasas de los paelleros. Todo aderezado con la sensación de tener un chicle pegado en la nuca y estar más pegajosa que el Blandiblub, aquel moco verde que tanto le gustaba a mi primo Alejo y tanto asco me daba a mí.

   A aquellas alturas de mi vida, sabía que la mejor manera de enfrentar el calor era combatirlo en aquella piscina. Por eso, junto a María, Pedro, Víctor, Vicente, Sara, David, Alejo y nuestra queridísima Xena, buscábamos refugio en nuestro pequeño paraíso particular: la piscina de los iaios. Allí, el calor desaparecía o, mejor dicho, se convertía en un elemento más de las vacaciones.

—¡Bomba vaaaaa! —gritó Alejo antes de lanzarse al agua, salpicando a mis abuelos, que nos vigilaban de cerca para evitar que nos rompiéramos algo. El verano anterior, sin ir más lejos, Vicente se había fracturado un brazo corriendo por el bordillo. Segundos después, de uno en uno, nos lanzamos el resto de los primos bajo el mismo grito de guerra.

—Xena, ¡quita! —le supliqué entre risas cuando sentí su lengua húmeda en mi cara mientras intentaba nadar—. ¡Que me hundes!

—Xena, ven conmigo —se burló Alejo desde el borde, sacudiéndose el agua del pelo y colocándose las gafas de bucear a modo de diadema—. Eva es una pequeñaja y se va a ahogar.

—¡Eso es mentira! —grité con el orgullo herido por el comentario de mi primo—. ¡No soy ninguna pequeñaja! ¡En noviembre cumpliré ocho años y sé nadar mejor que tú! —Sin dejar de acariciar a Xena, que no paraba de chuparme la cara, respondí enseñándole la lengua, pero sin borrar la sonrisa por las cosquillas que me hacía la perra.

   Pocos meses llevaba Xena con nosotros, pero aquella vizsla de color dorado rojizo se había ganado el corazón de toda la familia.

—¡No sabes nadar mejor que yo! —Con los ojos en blanco, negó con la cabeza y me enseñó la lengua—. Aprendí antes que tú. Tú aún llevabas flotador y yo ya cruzaba la piscina.

—¡Claro, tienes diez años! —me quejé a voz en grito, pataleando para mantenerme a flote mientras el resto de mis primos seguía saliendo y entrando del agua.

—Pues eso. Yo soy mayor, tú eres una pequeñaja —sentenció antes de zambullirse.

—¡No soy una pequeñaja!

—¡Los dos sois unos pequeñajos! —Era Víctor, el mayor de mis primos. Hablaba con esa voz rota que da claras muestras de estar en plena adolescencia. Mi tío Vicente, su padre, se burlaba de él cada vez que se le escapaba un gallo.

—¡Yo no soy un pequeñajo!

—¡Alejo, Alejo, Alejo, el pequeñajo! —Para mi diversión, empezaron a corear los demás. Alejo, con cara de pocos amigos, salió del agua enfurruñado.

   Enfadado y sin mirar por dónde iba, cruzó el jardín y tropezó con mi madre, que venía en mi busca.

—¿Qué ha pasado, Alejo?

—Nada, tía. Estos, que son unos tontos —respondió, arrebatando su toalla de la maraña de colores que había sobre las hamacas.

—Eva, sal del agua ya —ordenó mi madre para mi disgusto, acercándose a mis abuelos para dejarles un beso.

—Jopetis, mami, no quiero salir. El agua está deliciosa.

—Eva, estoy segura de que llevas toda la santa mañana ahí dentro. —La cara de mi madre era pura exageración interpretativa, pero tenía más razón que un santo—. Un día de estos, en vez de una hija humana, tendré una sirenita en casa.

—Mami, no inventes, eso solo pasa en las películas —reí, enseñando el hueco de los dientes que se me habían caído en la última semana.

—Venga, sirenita, ¿o es que no quieres venir a casa de Ana?

   Mi madre no necesitaba gritar ni chantajearme. Sabía perfectamente que, nada más pronunciar el nombre de Ana, yo saldría disparada de la piscina.

—Xena, no. —Mi madre se alejó de la cachorrita, que había salido junto a mí y tenía toda la intención de sacudirse—. Eva, ducha rápida y te vistes ya. Los padres de Ana nos están esperando.

   Quince minutos más tarde, mis padres y yo salíamos de casa de mis abuelos para ir a la de mi amiga del alma. Ana, su hermano Andrés y sus padres, Andrés y Cristina, no habían llegado a la vida de mis padres por mí. Aquella era una relación de años. El lazo de unión de nuestras familias ya tenía más de tres décadas, pues mi madre y Cristina eran amigas desde pequeñas; como nosotras, salvo que nosotras no solo íbamos al mismo colegio, sino que nuestras madres eran mucho más que amigas: eran esa familia que no te da la sangre, sino que la eliges tú.

—Mami, ¿vamos a comer en casa de Ana o solo vamos al vermut? —Mi padre se rio y me removió el pelo al escuchar mi pregunta.

—¿Qué sabes tú de vermut, pequeñaja?

—¡Papá!

   Mis padres se rieron al ver cómo saltaba. Yo no los había visto, pero ellos se habían hecho un guiño de complicidad antes de que mi padre soltara aquel apelativo, que tantos quebraderos de cabeza me daría en los noventa y que tanto me gusta ahora.

—Contestando a tu pregunta —comenzó a decir mi madre con aquella amplia sonrisa que tanto la caracteriza—, comemos en casa de Cris y Andrés. Hoy es su aniversario de boda y nos han invitado.

—Claro, vosotros sois sus padrinos.

—Así es —replicó mi padre.

—Mami, ¿desde cuándo conoces a la tía Cris? —pregunté. Sabía de sobra que Ana y yo nos conocíamos desde antes de nacer; nuestras madres casi compartieron los nueve meses de gestación. Ana es solo dos semanas mayor que yo—. ¿Como Ana y yo, o nosotras ganamos?

—Bien sabes que vosotras os conocéis de antes. Ahora solo os falta mantener la amistad durante tantos años.

—Ana será mi mejor amiga forever. ¿Cuántos años tenías cuando conociste a Cris?

—Tres años, cuando entramos en el colegio.

—Al mismo cole que vamos Ana y yo. La señorita Herminia siempre nos habla de vosotras. ––La sonrisa de mi padre fue inmediata al ver mi cara mientras hablaba de la señorita Herminia, de la cual era imposible descifrar su edad porque yo creo que las paredes del colegio se construyeron a su alrededor.

—Sí, así es.

—¿Y a Andrés? Me refiero al padre de Ana, no a su hermano.

—En el instituto. Allí conocimos a Andrés, y poco tardaron en enamorarse.

—¿Y tú, papi?

—Yo menos —respondió sonriente, a sabiendas de que yo me sabía la respuesta, pues muchas eran las veces que había escuchado la historia de cómo se habían conocido—. Al primero que yo conocí fue a Andrés. —Mi padre, como era su costumbre, me removió el pelo—. Ya sabes que él fue quien me presentó a mamá. —Mis padres se sonrieron y se dieron un suave beso mientras yo los miraba, regalándoles mi desdentada sonrisa.

—¿Y ya hablabas español?

—Algo. Tú hablas mejor alemán que yo español cuando conocí a tu madre. Casi siempre hablábamos en inglés.

—Fatal, papi. Me parece fatal.

—No te tenía a ti como maestra, ni esa facilidad que tenéis tu madre y tú para las lenguas, hija mía.

   El olor a leña nos recibió nada más cruzar el portón de entrada del chalet de los padres de Ana, dando buena cuenta de que el padre de mi amiga ya andaba preparando la comida.

—Eh, familia, bienvenidos.

   Extrañada de no ver a mi amiga ni a su hermano en la piscina, me solté de las manos de mis padres y corrí por la vereda hasta llegar junto a Andrés padre para darle un par de besos.

—¿Cómo estás, Eva? ¿Cómo va la niña que va a romper más de un corazón como siga así de guapa?

   Sonreí, dejando ver los hoyuelos junto a mi boca.

—Hola, tío, ¿dónde está Ana?

—Ella y Andrés acaban de entrar. Hace un par de minutos estaban aún en la piscina. Estoy por creer que mis hijos son medio anfibios.

—Esta es igual —comentó mi madre antes de darle un par de besos y un abrazo de esos que acarician el alma a su amigo—. Felicidades por esos doce años.

—Mami, me voy con Ana —respondí, alejándome de ellos y topándome de bruces con Cristina, que salía con una bandeja de aperitivos.

—Hola, Eva.

—Hola, tía Cris. —Con la mejor de mis sonrisas le devolví el saludo—. Felicidades —dije dándole un par de besos.

—Gracias, carinyet.

   Di marcha atrás al darme cuenta de que no había felicitado al padre de mi amiga.

—Felicidades, tío.

—Mmm... Yo ya pensaba que considerabas que Cris era la única a quien tenías que felicitar por haberse casado conmigo.

   Durante unos segundos miré fijamente al padre de mi amiga a los ojos mientras mi cabeza procesaba el comentario. Mi sonrisa dio buena cuenta de haber comprendido sus palabras.

—Eres un poco malvado —Todos comenzaron a reír al ver mi cara de diversión y escuchar mi respuesta—, hay que felicitarlos a los dos.

—Eva —volvió a llamarme Cristina antes de que yo cruzara la puerta de cristal que daba al amplio salón—, dile a Andrés que traiga las servilletas y los cubiertos que dejé sobre la mesa de la cocina.

—Vale.

   La voz de mi amiga me recibió nada más entrar en la casa. No necesitaba entrar en su habitación para verla cantando cepillo en mano frente al espejo.

—Touch me now, I close my eyes. And dream away. It must have been love. But it's over now. It must have been good. But I lost it somehow —tarareé en voz baja la canción que aquel verano sonaba en todas las emisoras de radio.

—Hola, hoyuelos. —No lo había visto entrar. El saludo de Andrés no solo me había hecho saltar del susto, sino que mis mejillas enrojecieron por la vergüenza de que me hubiese pillado cantando. Él rio divertido al ver la mezcla de sorpresa y apuro en mi rostro—. ¿Te has asustado?

—Sí, tonto.

—Eh, no te enfades. Solo te he saludado, pequeñaja.

—¡Yo no soy ninguna pequeñaja! —respondí con los ojos achinados y los dientes apretados. Andrés, al igual que mis primos, sabía muy bien cómo sacarme de mis casillas.

—Evita, eres como mi hermana, una pequeñaja de siete años de las que cantan con un cepillo en la mano.

—¡No me llamo Evita, sino Eva! —Hecha una furia, repliqué, apuntándole con el dedo—. Y no soy ninguna pequeñaja, en noviembre cumplo ocho años. —Agitada, le enseñé la lengua a Andrés, que me miraba con cara de burla; él me devolvió el gesto. Aquella era una constante en nuestras vidas—. Y no tengo ningún cepillo en las manos.

—Hoy no... —replicó, sin borrar aquella sonrisa que hacía que sus traviesos ojos color avellana se hicieran pequeños.

—¡Tonto!

—¡Pequeñaja!

—Tú, tú, tú...

—¿Comunicas, pequeñaja?

   Quieta y mirándolo a los ojos, aguantando las ganas de reír por su rápido y sagaz comentario, nos sonreímos dándonos una tregua y demostrando que, a pesar de nuestras disputas verbales, no nos llevábamos mal.

—Tu madre quiere que saques las servilletas y los cubiertos que dejó sobre la mesa de la cocina.

—Oído, pequeñaja.

   No me dio tiempo a responder; Ana había escuchado nuestra trifulca dialéctica y salía en mi rescate.

—Deja de meterte con mi amiga. —Ana me abrazó como si hiciera semanas que no nos veíamos, cuando no hacía ni veinticuatro horas de ello—. Pasa del tete. Se cree muy mayor por tener diez años. —Ana se colgó de mi brazo y nos dirigimos a su habitación—. No sabes la suerte que tienes de no tener un hermano mayor; los chicos son insoportables.

—Bueno, no tengo hermanos, pero ya sabes que tengo a mi primo Alejo —resoplé, dejándome caer sobre la cama de mi amiga—. A veces se pone tontísimo, pero lo quiero muchísimo —confié bajando el volumen, como si mi primo pudiera escucharme—. Y no te olvides de que también tengo otros seis primos más. ¿Sabes que mi primo Víctor ya tiene quince años?

—¡¡¡Quince!!!

—Sí, quince, ya va al instituto. ¡¡¡Está en segundo de B.U.P.!!!

—¡Guau!, ¡qué mayor! A nosotras aún nos falta mucho para ir al insti, pero lo guay es que iremos juntas —respondió entrelazando los dedos con los míos antes de fundirnos en uno de nuestros eternos abrazos al tiempo que dábamos saltos por la habitación.

—¡Sí, juntas forever! ¡Nada ni nadie nos separará jamás! —recalqué, sentándome en el borde de la cama y siendo imitada por mi amiga.

—¿Y si cuando seamos mayores nos enamoramos del mismo chico? —preguntó Ana para mi sorpresa.

—¿Y por qué nos vamos a enamorar del mismo chico?

   Mis ojos se cruzaron con los de Andrés, que nos observaba apostado en la puerta de la habitación. Durante unos segundos, que me parecieron extremadamente eternos, no pude apartar la mirada de la suya. No entendía el motivo, pero me sentí perdida al tiempo que me encontré reflejada en sus ojos que, por un instante, me pareció verlos oscurecerse. Ni Andrés ni yo fuimos conscientes de lo que acababa de pasar entre nosotros. Ninguno de los dos notó cómo el hilo rojo del destino —ese que la leyenda oriental cuenta que nos une desde el nacimiento si estamos destinados a encontrarnos— se deslizó hasta realizar el primer nudo de su larguísimo recorrido.

—Pequeñajas, a comer. —Sin apartar la mirada de la mía, dio el recado que su madre le había dado y regresó al jardín.

 

Andrés

   No recuerdo ni una sola comida en el jardín de casa de mis padres en la que no hubiera más palabras que comida, y mira que mi padre siempre ha sido muy exagerado preparando de comer. Imposible quedarse con hambre si él está por medio. Sin embargo, si bien nuestras papilas gustativas disfrutaron de lo lindo con cada cucharada de la enorme paella plantada en medio de la mesa de la terraza, nuestros oídos escucharon por no sé qué número de veces la anécdota de cómo mi padre le pidió salir a mi madre en plena clase de Educación Física, para vergüenza de ella al estar rodeada por media clase. Luego les tocó el turno a Hans y Rosa, de cómo se habían conocido un verano en Cullera gracias a mi padre.

—Terror sentí pensando que el alemán me robaba a mi Rosa —con gestos exagerados clamó mi madre, provocando las risas de mi hermana y Eva, que se sonrieron y abrazaron como si quisieran dejar claro que su amistad era para siempre.

—Sabes que no te hubiese abandonado por el alemán.

—¡Lo que hay que oír! —se quejó un sonriente Hans antes de que Rosa lo besara para diversión de mi hermana y Eva.

—¿A ti no se te ocurrirá abandonarme por un alemán? —Mi corazón se paralizó al escuchar la pregunta de mi hermana. Sin saber muy bien el motivo, clavé mi mirada en los ambarinos ojos de Eva.

—No, claro que no. —Los hoyuelos asomaron junto a su sonrisa. Para mi sorpresa, sentí que mi corazón volvía a latir con tranquilidad al escuchar su respuesta. Mi sonrisa asomó a mis labios al oír su negativa, sonrisa que ella me devolvió.

—Hablando de Alemania, ¿cuándo os vais? —se interesó mi madre al tiempo que volvía a llenar las copas de vino.

—La próxima semana —respondió Hans alzando su copa una vez más.

—¿Os quedaréis lo que queda de agosto?

—Sí, a final de mes se casa mi hermano pequeño, así que ya nos quedamos para la boda.

—Eva —su sonrisa fue inmediata, casi parecía un acto reflejo, al escuchar su nombre de boca de mi padre. Si algo caracteriza a Eva es su sonrisa, porque Eva no sonríe solo con los labios. Todo su ser sonríe al mismo tiempo, mostrándose en los pequeños hoyuelos que asoman junto a sus labios, haciendo brillar sus ojos ambarinos. No sé por qué motivo, pero aquella calurosa tarde de agosto, su sonrisa me pareció digna de ser pintada y expuesta junto a la Mona Lisa—. Dime, ¿ya te entiendes con tus primos alemanes?

—Más o menos... —respondió con timidez.

—¿Más o menos? —replicó Rosa. Sonreí al percibir cierta ironía en sus palabras y al darme cuenta de que su sonrisa era como la de Eva. Bueno, más bien al revés: la de Eva es como la de su madre. Era curioso ver en su rostro los mismos hoyuelos, el mismo brillo en sus ojos—. Hija mía, no seas modesta. ¿Cuánto tiempo llevas en clase de alemán? ¿Año y medio? —Eva tenía las mejillas sonrosadas. Nuestras miradas se cruzaron y nos sonreímos con timidez—. Tendríais que escucharla hablar. La destreza que tiene mi hija con los idiomas es alucinante.

   Algo me dijo que Eva necesitaba ayuda. Si algo sabía, era que mi padre o mi madre poco tardarían en pedirle que dijera algo en alemán.

—Mamá —irrumpí al ver la clara intención de mi madre de pedir a Eva que hablara un poquito en alemán—, ¿podemos sacar el postre ya?

—Sí, carinyet. Ana, ayuda a tu hermano a traer los helados. —Eva me sonrió; no le había pasado desapercibida mi jugada—. Andrés, los helados están en el primer cajón, salvo la tarrina para Eva y para ti. —Mi madre nos miró a ambos y los dos nos dedicamos una sonrisa cómplice—. Dudo que haya muchos niños a los que les guste el helado de menta y chocolate.

—No te levantes, Ana —dijo Eva levantándose—, ya ayudo yo a Andrés.

   En silencio cruzamos el salón y entramos en la cocina. Era un silencio extraño, un silencio a voces. Me atrevería a decir que las voces de nuestros pensamientos se escuchaban en aquel ensordecedor silencio.

—Así que te vas a Alemania —me atreví a romper el silencio.

—Sí, casi tres semanas.

—¿Ya sabes decir «Menta y Chocolate» en alemán?

—Sí, claro.

—¿Cómo se dice? —pregunté, apoyado contra la abierta puerta de la nevera.

—Minze und Schokolade.

—Mmm... Me gusta más cómo suena en español.

—Y a mí. Por cierto, gracias —en baja voz, con clara timidez, comentó, mirándose los dedos de los pies que asomaban en sus sandalias rojas.

—¿Por? —pregunté, abriendo el primer cajón del congelador. Uno a uno le fui pasando los cucuruchos de vainilla, chocolate y el de fresa para mi hermana.

—Sé que dijiste lo de los helados para que no me pidieran hablar en alemán.

—Entonces, ¿ya no vas a enfadarte conmigo si te llamo pequeñaja? —No sé el motivo, pero algo me obligó a soltar aquella tontería a sabiendas de que iba a enfadarse.

—Eres... —Se calló al sacar la tarrina de nuestro helado y mostrárselo sonriente.

—Firmemos una tregua. —Agité el helado, consiguiendo su sonrisa.

 

Eva

   Nada más cruzar el umbral de casa de los abuelos, Xena nos recibió como si regresáramos de una expedición de años, en lugar de haber pasado unas horas a menos de una manzana. Sus saltos emocionados y ese rabo que azotaba el aire con fuerza eran el mejor comité de bienvenida para nosotros.

—Eh, prima, ya estás de vuelta. —Alejo apareció por el pasillo con esa energía suya que, como la mía y la de cualquier niño de su edad, nunca se agotaba—. ¿Te vas a quedar esta noche?

   De reojo miré a mi madre. El pensamiento de marcharme a casa y romper la burbuja de aquel día me pesaba en el pecho.

—No lo sé... —contesté, encogiéndome de hombros—. ¿Mami, me puedo quedar esta noche en casa de los iaios?

—Eva, cielo, mañana tengo que preparar las maletas, que nos vamos en un par de días —explicó mi madre, tratando de imponer la cordura frente a mi entusiasmo.

—Anda, mami, que no volveré hasta final de verano, porfaaaa... —imploré con mi voz más mimosa, poniendo esos ojitos suplicantes que sabía que desarmaban a mis padres.

   Ellos se miraron con esa complicidad de quien ya sabe haber perdido la batalla antes de empezarla. Era imposible resistirse.

—Anda, tía, déjala —intercedió Alejo con rapidez—. No veré a la prima en tres semanas y hoy se pueden ver las estrellas. ¡Nos vamos a quedar todos en el jardín para ver las Perseidas!

—Vale, muy bien. Con vosotros dos no hay quien pueda. —Mi madre suspiró de manera exagerada para nuestra diversión.

—¡Ni quien los entienda! —rio mi padre, negando con la cabeza—. Tan pronto os estáis peleando como os defendéis mutuamente.

   No esperamos a que cambiaran de opinión. Alejo y yo salimos corriendo hacia el jardín, seguidos por una Xena que iba en medio de ambos, dando saltos a un lado y al otro, contagiada por nuestras risas.

   En cuanto cruzamos el porche, el olor a jazmín nos golpeó con toda su fuerza. Era un aroma denso y dulce que parecía envolverlo todo, como si la noche se hubiera puesto su mejor perfume. El jardín no estaba en silencio. El eterno chirriar de las chicharras, ese rítmico zumbido que vibra en el aire de las noches de agosto, nos amenizaba la velada, recordándonos que en Valencia la naturaleza nunca duerme. Cierto que el cricric era apagado por la música de mis primos, que bailaban y cantaban junto a la piscina al ritmo de Modestia Aparte y Cosas de la edad; de inmediato, Alejo y yo nos sumamos al baile.

  La luna brillaba en todo su esplendor cuando nos tumbamos en el césped, que aún guardaba el frescor del riego de la tarde, formando un círculo perfecto: hombro contra hombro, mano con mano. En el centro, Xena se dejó caer patas arriba, imitando a sus ocho primos humanos que teníamos la vista clavada en la infinidad de un espectacular cielo despejado.

  De cuando en cuando, una de las célebres lágrimas de San Lorenzo rasgaba la oscuridad para regocijo de todos.

—¡Otra... otra! —gritaba emocionado Alejo, mientras una alborotada Xena aprovechaba para chuparnos la cara a traición.

   Pero tras cada grito se instalaba un silencio reverencial, un trasiego de silenciosos deseos pedidos a las estrellas que subían hacia el cielo en cuanto estas se extinguían. Eran peticiones mudas, secretas, que cada uno de nosotros lanzaba al vacío con la esperanza de que se cumplieran. Cerré los ojos un segundo y deseé con todas mis fuerzas que aquel instante se quedara congelado, que el mundo no girara y que siempre fuera agosto en casa de los abuelos.

   Incluso los iaios se habían incorporado al círculo por petición nuestra, compartiendo el asombro bajo la cúpula estrellada.

—Xiquets, creo que va siendo hora de irnos a dormir. Casi son las cuatro de la mañana —comentó la iaia Clotilde, levantándose finalmente y sacudiéndose la ropa.

—Un poquito más, iaia —suplicó Sara, la mayor.

—Cinc minuts més i ens anem al llit —concedió el iaio Vicente.

   Pero no fueron cinco, ni diez... Una hora más tarde, los ocho primos desfilábamos con una imborrable sonrisa rumbo a nuestras camas. Alejo y yo nos acomodamos en el sofá cama del salón y, en cuanto oímos que los abuelos se retiraban, Alejo palmeó el colchón.

—Ssh, no hagas ruido y quédate aquí —le murmuró a Xena.

   La juguetona perrita no se lo pensó. Saltó al medio de los dos, nos lamió la cara a ambos a modo de buenas noches y enseguida su cadenciosa respiración se unió a la nuestra. Fuera, tras las persianas, el canto de las chicharras seguía sonando como una nana eléctrica, prometiéndonos que, al menos por unas horas más, el verano seguía siendo nuestro.

 

Menta y chocolate, ya disponible en Amazon. 

Muaaackis...muaaackis

Elva



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Comentarios

Silvia
hace 5 meses

Aaah, ¿y ahora qué hago yo? Simplemente delicioso. Ganas de tener el libro.

Carol
hace 5 meses

Sin duda alguna, teniendo claro que la primera versión me enamoró, esta desde el inicio ya tengo claro que la va a superar con creces.

Lola
hace 5 meses

Imposible un arranque mejor, muero por tener la historia entre mis dedos y poder saborearla a gusto.

Vivian Jimenez
hace 5 meses

Es que comienzo a leerlo y no puedo evitar, no solo emocionarme, sino las ganas de ir corriendo a comprarme el helado. 😍

Daniela
hace 5 meses

¿Y ahora qué?¡Me encanta!