Diatribas de una escritora: El libro y el yogur, ¿cuál caduca antes?

Publicado el 22 de mayo de 2026, 8:32

El libro y el yogur: ¿Cuál caduca antes?

   

Hace unos días me quedé mirando un pack de yogures en la nevera y, tras ver la fecha de consumo preferente, me invadió una punzada de ansiedad literaria. En mi cabeza resonó la voz de mi madre:

Chiquitita, a este paso un bífidus va a tener una vida social más larga que tu última novela.

Parece un chiste, pero es la cruda realidad del mercado editorial que nos ha tocado vivir. Un mercado donde un lácteo fermentado tiene más margen de supervivencia en un lineal que una historia de trescientas páginas que ha costado sangre, sudor y alguna que otra lágrima.

La dictadura de la "novedad" y el Fast Book

Mucho se habla de la fast fashion, de la necesidad ética de frenar el negocio de la moda, pero ¿acaso no está ocurriendo exactamente lo mismo con la literatura? Nos hemos metido de lleno en la era del Fast Book.

Como escritora independiente —y sé que en esto todas mis compañeras y, sí, también mis compañeros de letras me entenderán a la perfección—, te dejas la piel. Pasas meses conviviendo con personajes que te quitan el sueño, discutiendo con ellos en la cocina y corrigiendo párrafos hasta que las comas te saludan por la calle como si de alguna manera te hubiesen conocido. Aunque, entre nosotras, de habernos conocido seguro que era una relación jodida; porque mira que son puñeteras cuando se ponen en plan:

No es por ti, de verdad, pero mejor te iría con el punto y coma o con el punto y aparte.

Y así, mimando cada detalle de la edición como si te fuera la vida en ello, cuando por fin pulsas con el dedo tembloroso el botón de publicar, en lugar de una celebración, empieza una cuenta atrás invisible y despiadada.

El mercado actual se ha convertido en un monstruo insaciable que devora novedades a ritmo de self-service. Si tu libro no entra de cabeza en la lista de lo más nuevo de la semana, el algoritmo de las plataformas parece susurrarte al oído que ya es viejo. Que ya pasó su cuarto de hora de gloria. Que vayas pasando a la siguiente ocurrencia porque a la actual ya le está cayendo el polvo encima. Nos exigen producir historias como si fuésemos una fábrica de churros en plena feria, pretendiendo que la creatividad se rija por los mismos tiempos que una cadena de montaje.

Mis historias no son de usar y tirar (ni mis mujeres tampoco)

Pero aquí es donde saco mi vena rebelde de la Generación X —que dicho así, oye, parezco una superheroína con capa hecha de páginas de borrador—. Me niego en redondo a aceptar que una historia con alma tenga fecha de vencimiento impresa en la solapa.

Yo escribo ROMCOM, sí, pero escribo sobre mujeres reales. Mujeres con sus cicatrices, sus risas, sus complejos y sus líos monumentales; de esos que no se solucionan mágicamente en un trimestre por exigencias del guion comercial. ¿De verdad alguien en las altas esferas del marketing cree que los sentimientos, los procesos vitales y el amor caducan a los noventa días?

Una buena novela no debería ser un artículo de consumo rápido que se despacha en el metro y se olvida en la papelera. Debería ser como ese buen vino que guardas en la despensa para una ocasión especial: no importa qué día del calendario decidas descorcharlo, lo verdaderamente importante es que te emborrache el corazón cuando lo hagas, ya sea hoy o dentro de cinco años.

El riesgo emocional y la resistencia de las lectoras

Sinceramente, lidiar con esta presión constante de la inmediatez es un deporte de riesgo emocional. Te hace dudar de tu trabajo, te agota psicológicamente y desvirtúa el maravilloso oficio de contar historias. Pero lo tengo claro: prefiero seguir escribiendo a mi propio ritmo, cociendo los personajes a fuego lento para que se queden a vivir con ustedes una buena temporada, antes que subirme al carro de la producción industrial.

Por suerte, lo que me salva de tirar la toalla en medio de esta locura es saber que ustedes están ahí.

Representan esa maravillosa resistencia de lectoras con criterio propio. Lectoras que no se dejan guiar ciegamente por lo que brilla en la portada patrocinada de la semana, sino que tienen la santa paciencia de bucear en el catálogo, dejándose llevar por el instinto, para rescatar historias que quizás llevaban un año entero esperando pacientemente su turno en la estantería digital o física. Ustedes le devuelven la dignidad al libro.

Y ahora cuéntenme ustedes, que ya saben que me encanta el debate: ¿Son de las que necesitan imperativamente el estreno del viernes para sentirse vivas y al día, o disfrutan de la calma de descubrir una joya olvidada meses o años después?

Las leo aquí abajo en los comentarios, que para eso este blog es nuestro salón particular para arreglar el mundo.

Muaaackis...muaaackis

Elva

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Comentarios

Silvia
hace 2 días

Me ha encantado leer tu diatriba, especialmente porque no pierdes tu humor. Muy buena reflexión.

Elva
hace un día

Muchas gracias.
Muaaaackis... muaaaackis

Nika
hace un día

Yo soy más de la segunda opción, estoy x comprarme momo para releerla

Elva
hace un día

No es una mala idea, ahora la leerás con otros ojos. Gracias por leer y comentar.
Muaaaackis... muaaaackis

Lola
hace un día

Ufff, complicado ha de ser. No sé cómo lo haces para compaginar todo.

Elva
hace un día

Ni yo lo sé, ja, ja, ja.
Muaaaackis... muaaaackis

Andi G
hace una hora

Yogurt, fastbook, sexo en la primera cita. Decisiones intrascendentes. Un buen libro se tarda, se queda, te espera.

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