Diatribas de una escritora: Autopublicada, sí. Escritora de segunda, no

Publicado el 26 de agosto de 2026, 9:28

 

Hace dos años escribí sobre la autopublicación. En realidad, escribí dos veces sobre el asunto. En una de ellas os contaba la dura realidad de ser una escritora autopublicada: el tiempo que se va en promoción, las redes sociales, las lecturas conjuntas, las reseñas, las famosas estrategias que prometen que si haces exactamente lo que dicen los expertos conseguirás lectores hasta debajo de las piedras. En la otra os expliqué por qué autopublicaba.

Dos años después, el tema no solo sigue de actualidad, sino que cada vez tiene más peso. Y creo que ha llegado el momento de hablar de otra parte de la autopublicación que me interesa especialmente: la idea de que quien autopublica ocupa una categoría inferior dentro del mundo editorial.

Porque seguimos escuchando aquello de «es que es autopublicada» con un tonillo que, seamos sinceras, no suele ser precisamente de admiración.

Y aquí es donde me gustaría detenerme.

Yo no llegué a la autopublicación porque ninguna editorial hubiera querido saber nada de mí. De hecho, ocurrió justo lo contrario. Hace años una editorial se puso en contacto conmigo porque habían leído Tres no son multitud en el blog y querían publicarla. Yo, que por aquel entonces ni siquiera había pensado seriamente en publicar un libro, me imaginé de pronto viviendo el cuento de la lechera en versión escritora: la novela publicada, promocionada, en papel, en librerías, yo entrando en una y encontrándome con mi libro en una estantería... Ya sabéis, ese sueño que todas tenemos alguna vez cuando empezamos a escribir y pensamos que publicar consiste básicamente en ver tu novela colocadita entre otras, respirar hondo y decir: «Mira, mamá, lo he conseguido».

 

Después llegó la realidad.

Descubrí que algunas de las cosas que yo había imaginado que asumiría la editorial seguían dependiendo bastante de mí. La corrección, por ejemplo. La portada tampoco terminaba de convencerme. Y la promoción en redes, aquella maravillosa palabra que entonces ya empezaba a convertirse en obligación para cualquier escritor, también recaía en buena medida sobre el autor.

No voy a entrar otra vez en aquella historia porque ya la conté hace dos años, pero sí recordaré lo importante: yo tenía la posibilidad de publicar con una editorial y decidí que aquella no era la editorial con la que quería hacerlo.

Y ahí empezó mi camino en la autopublicación. No porque pensara que una editorial era mala. No porque creyera que autopublicar era maravilloso. Y mucho menos porque pensara que yo podía hacerlo todo mejor que una editorial. Simplemente consideré que, en aquel momento y con aquella editorial concreta, me compensaba más hacerlo por mi cuenta. Y esto es importante porque todavía parece que tenemos que explicar por qué una persona autopublica.Como si la respuesta tuviera que ser necesariamente:

«porque ninguna editorial me ha querido».

 

Pues no.

Puede ser esa la razón, por supuesto. Pero también puede ser que una escritora haya elegido conscientemente ese caminoY esto es algo que creo que ha cambiado bastante en los últimos años.

La autopublicación ha dejado de ser aquella especie de último recurso al que se agarraba quien no conseguía publicar de otra manera. Se ha convertido en una opción editorial real, con un mercado enorme detrás y con autores que la eligen desde el principio. Los números empiezan a ser demasiado grandes como para seguir hablando de una rareza.

Y, sin embargo, todavía utilizamos la palabra «autopublicada» casi como si necesitáramos añadir una explicación detrás.

«Es autopublicada».

¿Y?

¿Escribe peor por eso?

¿Su novela es peor por eso?

¿Sus lectoras disfrutan menos?

¿Tiene menos derecho a llamarse escritora?

No.

Lo único que sabemos al decir «autopublicada» es cómo ha decidido publicar esa persona su obraNada más.

Y aquí me parece que tenemos un problema bastante curioso: hemos convertido el hecho de publicar con una editorial en una especie de sello de legitimidad literaria. Como si una editorial dijera «sí» y, automáticamente, alguien hubiera estampado en nuestra frente el certificado oficial de escritora. Pero una editorial es una empresa.

Una empresa que selecciona los libros que quiere publicar, por supuesto. Que apuesta por determinados autores, determinados géneros y determinadas historias. Que tiene una línea editorial, unos presupuestos y unos criterios comerciales. Y eso está perfectamente bien. Lo que no entiendo es por qué hemos decidido que su elección tiene que determinar el valor de quien escribe.

Una editorial puede publicar una novela que me parezca maravillosa y otra que no me diga absolutamente nada. Puede rechazar una novela que me encante. Puede apostar por un autor que después se convierta en un éxito y puede equivocarse. Como cualquier empresa. No hay ningún problema en reconocerlo.

De la misma manera, tampoco voy a decir que todo lo autopublicado es maravilloso. ¡Ni mucho menos!

 

Y aquí viene la parte incómoda.

Hace años, después del fenómeno de Cincuenta sombras de Grey, ya comentaba cómo muchas lectoras se habían lanzado de cabeza al mundo de la escritura. Y no me parece mal. Al contrario. Que una historia despierte en alguien las ganas de contar la suya me parece estupendo. El problema aparece cuando confundimos leer mucho con saber escribir. Porque no, haber leído doscientos libros no significa que sepamos escribir el doscientos uno. Igual que ver muchas películas no nos convierte en Icíar Bollaín. Y comer en veinte restaurantes no nos convierte en Arzak.

Escribir también es un oficio. Hay que aprender, equivocarse, corregir, volver a escribir, leer, observar, encontrar una voz propia y, sobre todo, entender que una novela no se construye únicamente acumulando todo aquello que nos ha gustado en otras novelas. Y aquí aparece otra de mis pequeñas obsesiones: el copia y pega literario.

Una novela funciona, vende muchísimo, se convierte en fenómeno y, de repente, aparecen otras veinte con la misma fórmula. Cambiamos los nombres, el color del pelo, la ciudad y quizá alguna profesión, pero ahí siguen los mismos personajes, los mismos conflictos, las mismas situaciones y, en ocasiones, hasta la sensación de estar leyendo otra vez una historia que ya hemos leído.

Y no, no estoy diciendo que haya que inventar un género nuevo cada vez que nos sentamos delante del teclado. Todos escribimos dentro de géneros que tienen sus códigos, sus clichés y sus convenciones. Yo misma escribo romántica y sé perfectamente que no he inventado el amor. Pero una cosa es conocer las reglas del género y otra escribir siguiendo una plantilla. Y aquí es donde creo que la autopublicación nos ha puesto una pequeña trampa.

Porque ha abierto una puerta maravillosa. Sin embargo, por esa misma puerta puede entrar de todo. Y eso, en sí mismo, tampoco sería un problema. Que todo el mundo pueda publicar me parece estupendo.

El problema es que, cuando desde fuera se empieza a meter en el mismo saco a todo lo que lleva la etiqueta de «autopublicado», las que llevamos años trabajando nuestras historias, aprendiendo, equivocándonos y tratando de ofrecer nuestro mejor trabajo acabamos pagando también por ello.

Y ahí sí creo que tenemos que ser críticas. No para decidir quién es escritora y quién no. Si escribes, eres escritora. Pero sí para reconocer que no todas tenemos el mismo recorrido, la misma experiencia ni el mismo oficio. Y eso no debería ser un insulto. Todos empezamos en algún sitio. Yo también fui una escritora que estaba empezando. La diferencia está en no creer que haber empezado significa haber llegado.

Y quizá por eso me molesta tanto que la autopublicación se utilice como argumento para menospreciar a quien publica por su cuenta, cuando precisamente dentro de ella hay escritoras que trabajamos nuestras novelas con una dedicación enorme y que hemos elegido este modelo porque es el que queremos para nuestra carrera.

 

La autopublicación no es el problema.

El problema es la etiqueta que algunos siguen poniendo sobre ella y, al mismo tiempo, la facilidad con la que se ha llegado a identificar «haber publicado un libro» con «haber encontrado ya una voz y un oficio».

Las dos cosas pueden coexistir. Y deberíamos ser capaces de decirlo. Por eso no creo que tengamos que convertir la autopublicación en una religión para defenderla. No necesitamos decir que es mejor que publicar con editorial. Necesitamos dejar de pensar que es peor. Porque además hay una cosa que me parece bastante reveladora: cada vez más escritores eligen autopublicar incluso teniendo otras posibilidades.

Algunos porque quieren controlar los tiempos. Otros porque prefieren decidir sobre sus portadas, sus precios o sus campañas. Otros porque quieren mantener un mayor control sobre sus derechos. Y otros, simplemente, porque ese modelo les funciona. Y me parece perfecto. Yo misma no digo que nunca vaya a publicar con una editorial. Lo dije ya entonces y lo sigo pensando: no quiero cualquier editorial.

Si algún día firmo, quiero que tenga sentido para mí. Quiero que la editorial haga aquello que yo espero de una editorial: que aporte algo que justifique que yo deje en sus manos parte del proceso y, por supuesto, parte de mis derechos y de mis beneficios. Porque si voy a seguir haciendo prácticamente el mismo trabajo, ¿qué estoy comprando exactamente a cambio de ese sello?

Y aquí es donde llegamos a otra cuestión que me hace bastante gracia. Parece que el sueño de toda escritora tiene que ser conseguir editorial. Y sí, para muchas lo es. Me parece estupendo. Pero no para todas.

Algunas queremos publicar con editorial. Otras queremos autopublicar. Otras hacemos las dos cosas. Y probablemente habrá escritoras que cambien de opinión con el tiempo.

 

¿En qué momento decidimos que una de esas opciones era la correcta y las demás eran sucedáneos?

 

Porque, si lo pensamos bien, resulta bastante absurdo. Una escritora no deja de ser escritora porque no tenga una editorial detrás. De la misma manera que tampoco se convierte automáticamente en mejor escritora porque una editorial haya decidido publicar su novela. Y mucho menos porque haya vendido diez mil ejemplares.

Esto último daría para otra diatriba entera, porque parece que últimamente hemos convertido la literatura en una competición de cifras: ranking, estrellas, reseñas, seguidores, ventas, puestos, bestseller, número uno... Como si escribir una buena historia necesitara venir acompañado de una clasificación oficial.

Las ventas nos dicen cuántos libros hemos vendido. Las reseñas nos dicen lo que algunos lectores han pensado. Los rankings nos dicen dónde estamos en un momento determinado. Y un contrato editorial nos dice que una editorial ha decidido apostar por nuestro libro. Pero ninguna de esas cosas decide quiénes somos como escritoras. Y quizá por eso también deberíamos dejar de disculparnos cuando decimos que somos autopublicadas.

«Yo soy autopublicada, pero...»

Ese «pero» sobra.

No hace falta explicar que nos gustaría publicar con una editorial algún día. No hace falta decir que estamos buscando editorial. No hace falta demostrar que también somos capaces de hacerlo de la otra manera. Si autopublicar ha sido nuestra elección, basta con decirlo. Y si no lo ha sido, tampoco pasa nada.

 

Cada escritora tiene su historia, sus circunstancias y sus decisiones.

La mía empezó, precisamente, después de comprobar que tener una editorial detrás no significaba necesariamente que todas las cosas que yo había imaginado que ocurrirían fueran a ocurrir. Y desde entonces he aprendido muchísimo. Sobre publicar, sobre promocionar, sobre vender y, sobre todo, sobre todo el trabajo que hay detrás de poner una novela delante de un lector. Por eso no necesito que nadie me explique que autopublicar es fácil.

No lo es. Tampoco necesito que me digan que es mejor. No lo es necesariamente. Lo que sí quiero es que dejemos de tratarlo como una categoría inferior. Porque autopublicar puede ser una necesidad, una circunstancia o una elección. Y cuando es una elección, no hay nada que justificar.

Yo soy escritora.

Y, además, autopublicada.

Y ya sabemos que el orden de los factores no altera el producto, bien lo dice la propiedad matemática.

Así que podemos cambiar el orden si queremos: escritora autopublicada, autopublicada escritora...

El resultado sigue siendo el mismo.

Escritora.

Y quizá ya va siendo hora de que dejemos de colocar etiquetas como si unas fueran de primera y otras de segunda.

Autopublicada, sí.

Escritora de segunda, no.

Muaaackis...muaaackis

Elva

 

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Comentarios

Silvia
hace un día

Muy buena diatriba. Me quito el sombrero ante ti.