Llevaba tiempo queriendo echarle el guante a este libro, y lo cierto es que Mis días en la librería Morisaki, de Satoshi Yagisawa, es de esas novelas que te lees en un pis pas y que te dejan el cuerpo reconfortado. Es, de cabeza, una de esas joyas que podemos meter de lleno en la categoría de feel good: de las que no buscan fuegos artificiales, sino abrazarte el alma y dejarte una sonrisa tonta al cerrar la última página.
La historia nos lleva de la mano a Jimbocho, el famoso barrio tokiota de las librerías que yo misma descubro con esta lectura. Un paraíso terrenal para cualquier amante del papel viejo, donde las calles huelen a historia y a estanterías infinitas. Es ahí donde Takako, tras una dolorosa ruptura —con un novio que le suelta de sopetón que se casa con otra— y con la vida completamente aparcada después de dejar su trabajo, acepta refugiarse, a regañadientes, en una pequeña habitación polvorienta encima de la tienda de su tío Satoru.
Lo fascinante de sus páginas es cómo vemos retratado el contraste entre la sociedad occidental y la nipona. Mientras que aquí solemos ir con el drama a flor de piel, allí el afecto y la vulnerabilidad parecen gestionarse desde el recato, con esa dificultad tan característica para exteriorizar los sentimientos. No verás grandes aspavientos, porque muchas veces todo ocurre en los silencios y en los gestos sutiles.
El universo de la pequeña librería se enriquece por completo cuando entra en escena la tía Momoko —con ese viaje de ida y vuelta tras una huida matrimonial que marca un antes y un después en la familia y trae un soplo de aire fresco— y, por supuesto, una fauna de secundarios inolvidables que acaba convirtiéndose en la red de apoyo de Takako. Ahí están Sabu, un cliente habitual muy dado a la charla literaria. Wada, con ese particular drama sentimental que arrastra, y figuras tan entrañables como Tomo y Takano, cuyos matices y relaciones aportan una calidez enorme al día a día de la librería y se convierten, cada uno a su manera, en piezas importantes de su recuperación.
Entre páginas impresas, silencios compartidos y el olor constante a libro usado, Takako empieza a recomponer su vida en una novela que es un canto a la lectura como tabla de salvación y a las segundas oportunidades. Así que ya sabes, si te apetece una lectura ágil, tierna y de una fina sensibilidad, este rincón de Jimbocho merece un hueco en tu mesilla.
Muaaackis...muaaackis
Elva
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Comentarios
Ya lo había leído y me encantó.