Las cirugías estéticas empiezan casi siempre con la misma promesa inofensiva: un simple retoquito para devolver la luz a la mirada, estirar un poco por aquí y quitarse del espejo el cansancio acumulado. El desastre llega cuando se pierde el norte, se le coge afición al quirófano y, de repente, te encuentras en una convención de clones donde ya ni la madre que te parió sabe exactamente a quién está mirando. Te han dejado la cara tan tersa, tan perfecta y tan inexpresiva que has perdido hasta el derecho a poner cara de sorpresa genuina.
Con los libros pasa exactamente lo mismo.
Te pones a corregir con la mejor de las intenciones: limas un adjetivo que se creía con demasiados humos, pules una frase que cojeaba y domesticas un diálogo que se había salido un poco del tiesto. Pero te vienes arriba, te entra el pánico a la imperfección y, cuando quieres darte cuenta, le has aplicado tal sesión de lifting al manuscrito que te ha quedado un texto tan aséptico, tan estirado y tan previsible que parece fabricado en serie. Y si ya hablamos de diálogos, podemos generar una muerte súbita.
¿Han de ser los diálogos gramatical y sintácticamente perfectos?
La respuesta es un NO ROTUNDO. La magia de un personaje, esa sensación de que hay alguien real al otro lado de la página, reside precisamente en su manera de hablar. Y, queridas mías, nadie va por la vida con la RAE y el María Moliner bajo el brazo soltando discursos académicos. Un personaje ha de ser creíble, y no habla igual dependiendo de su generación, sus estudios, su procedencia o, sencillamente, de quién tenga delante. Cuando domesticas cada réplica hasta convertirla en un manual de gramática, al personaje se le cae el carnet de identidad y, no cruza esa umbral que lo convierte en real.
Hemos confundido la escritura con una clínica donde todas las páginas tienen exactamente la misma expresión congelada. Buscamos tramas milimétricas y personajes sin tacha, olvidando que la gracia de la vida —y de una comedia romántica, que aquí sabemos de lo que hablamos— está precisamente en lo que desentona: en las manías, en las contradicciones, en los pequeños defectos y en esas esquinas mal cortadas que hacen que alguien parezca una persona y no un producto salido de una cadena de montaje.
Lo fascinante de leer una historia —y de escribirla, que aquí estamos todas en el mismo barco— es ese pequeño caos humano que se cuela por las rendijas. Un texto con alma respira. Tiene ritmo, personalidad y, a veces, hasta tropieza. No necesita ser perfecto para funcionar. Necesita estar vivo.
Porque cuando te pasas tres pueblos podando y puliendo, lo que queda al final no es necesariamente una obra maestra de museo. A veces es, simplemente, un solar de plástico sin un solo rastro de emoción verdadera.
Así que llega un día en el que te toca decidir si quieres publicar una novela apta para un catálogo de cirugía plástica o una historia que le haga compañía a alguien un martes cualquiera, con una taza de café al lado. Porque la corrección técnica queda muy mona sobre el papel, pero lo que realmente nos engancha no es un texto tan retocado que da reparo tocarlo. Es que tenga latido.
¿Cuántas veces has corregido algo hasta conseguir que estuviera perfecto… y has terminado echando de menos cómo era antes?
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