No sé si te pasa a ti, pero hay una trampa invisible en la que caigo con la elegancia de una acróbata (metafóricamente hablando, que no soy yo muy acrobática) y con la prisa de quien ficha un lunes por la mañana, con el paso firme y la absoluta obligación moral de estar produciendo, limpiando, ordenando, escribiendo o, como mínimo, respirando con eficiencia.
En realidad, sigo castigándome si me atrevo a no hacer nada, como si el descanso necesitase justificación ante un tribunal de jueces invisibles. Creo que me viene directamente en los genes, impreso en el ADN a fuego lento.
Mi abuela materna era una fuerza de la naturaleza imposible de apagar. No podía tener el culo quieto ni medio segundo; siempre estaba trajinando, barriendo donde ya estaba limpio o buscando una baldosa que desafiara su autoridad. Era tal su alergia a la quietud que yo siempre decía que, si iba al cine, era capaz de pedirle la escoba al acomodador en pleno estreno solo para no perder la costumbre.
Y ahora, mírame.
Años después, me descubro convertida exactamente en ella.
Este agosto, atrapada en esa misma inercia, decidí cometer el delito perfecto: parar.
No un parar productivo para leer un ensayo sesudo que me haga sentir intelectualmente superior. No. Parar de verdad. Sentarme a leer sin preocupación, tomar un café que acabará quedándose tibio o disfrutar de una novela de esas que devoras sin remordimientos.
Aunque, bien pensado, todavía no he conseguido instalarme del todo en ese maravilloso concepto de no sentirme culpable por no hacer nada. Para empezar, el despertador ha sonado durante todo el mes.
Pero estoy aprendiendo.
Estoy aprendiendo que una tarde no tiene por qué producir nada. Que no todas las horas tienen que estar ocupadas, justificadas o tachadas de una lista. Que también puedo sentarme a mirar por la ventana sin que de pronto aparezca una voz interior preguntándome qué demonios estoy haciendo con mi vida.
Nada.
Y qué maravilla.
Reivindico el derecho soberano a perder la tarde. A que el tiempo no rinda, no cotice en bolsa y no deje ninguna medalla al mérito al final del día.
Porque quizá hemos convertido hasta el descanso en una tarea pendiente.
Y a lo mejor ha llegado el momento de dejar algunas horas sin aprovechar.
Sin productividad.
Sin propósito.
Sin culpa.
Simplemente porque sí.
Al fin y al cabo, si no sabes regalarle al reloj un rato de tregua gratuita, ¿de qué sirve tanta prisa?
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