Diatribas de una escritora: ¿Y si me lo he inventado todo?

Publicado el 16 de septiembre de 2026, 7:38

 

Una de las primeras cosas que tuve que hacer nada más publicar mi primera novela, Tres no son multitud, fue desmentir que yo era Amanda o que mi hijo fuera el pirata, si bien es cierto que me inspiré en él. En su forma de ser, de actuar, de hablar y en su obsesión por aquel entonces con los piratas, de hecho, la bandera sigue colgada en su habitación.

Dato curioso: el hijo pródigo es un año menor que Diego, el pirata. Por cierto, el 1 de mayo, el pirata cumpliría 18 años. Un día de estos tendrá derecho a su propia romcom. Ja, ja, ja.

Creí que nunca más volverían a confundir mi vida con la de mis personajes, pero sorpresa la mía cuando, historia tras historia, me ha tocado repetir el mismo disco rayado: no, no soy yo.

Aunque también es cierto que todas y cada una de mis protagonistas llevan algo mío. Unas más que otras.

La obligación de tener una historia detrás de cada historia es una de esas pesadas cargas que nos colocan sobre los hombros en cuanto publicamos, como si escribir ficción consistiera en hacer una auditoría de vivencias o presentar la memoria de calidades de cada decisión creativa.

No, mis novelas no son el confesionario de Rosalía. No, esto no es un sitio donde una se sienta a purgar fantasías y desamores a cambio de absolución pública.

La pregunta que todas hemos escuchado alguna vez llega envuelta en esa curiosidad tan legítima como inoportuna:

«¿En quién está basado?»

Que la protagonista comparta contigo, digamos, levantar la ceja izquierda, o que su entorno se parezca al tuyo no significa que estés escribiendo una autobiografía encubierta.

Inventamos. Que para eso se supone que una es novelista y no cronista de sucesos.

Y ojo, entiendo perfectamente la curiosidad de quien lee.

Cuando una historia te atrapa, quieres saber qué había detrás de ella. Quién inspiró a ese personaje. Por qué la autora escogió ese lugar. Si aquella escena ocurrió de verdad. Cómo demonios se le ocurrió semejante situación. A mí también me pasa como lectora.

El problema empieza cuando parece que la historia necesita una historia real detrás para adquirir categoría.

Como si contar «esto me pasó» hiciera que una escena fuera automáticamente más profunda. Como si descubrir el trauma que hay detrás de un personaje lo convirtiera en mejor personaje. Como si una novela necesitara venir acompañada de su informe pericial para que pudiéramos valorarla.

¿Y si simplemente está bien escrita?

¿Y si ese personaje no está basado en nadie?

¿Y si esa conversación nunca ocurrió?

¿Y si la autora se la inventó mientras hacía la cena?

Pues estupendo.

Para eso está la ficción.

Porque también existe una curiosidad que me parece mucho más interesante: qué encuentra la lectora en lo que yo he escrito.

Puede que yo haya creado un personaje pensando en una cosa y tú hayas visto otra. Puede que una escena que para mí era secundaria te haya removido algo que ni siquiera sé que existe. Puede que odies a quien yo creía que ibas a adorar o te enamores precisamente del personaje que a mí me traía por la calle de la amargura.

Y ahí empieza lo bueno.

Porque una vez que una novela sale de mis manos, deja de ser completamente mía.

No necesito explicarte cada tornillo que he utilizado para construirla.

Quiero que la leas, que la interpretes, que te enfades, que te rías, que te enamores de quien te dé la gana y que, si después quieres saber de dónde salió todo aquello, me lo preguntes.

Porque una cosa es contarte qué me empujó a escribir una historia y otra muy distinta tener que justificar cada página como si la ficción necesitara presentar pruebas de autenticidad.

Y, dicho esto, quizá algún día, si me tiras suficientemente de la lengua, confiese cuáles de las escenas que aparecen en mis historias están basadas en la realidad.

Ya te adelanto que, muy probablemente, las más disparatadas.

Aunque puede que alguna ya la conozcas, porque en alguna conversación con lectoras se me haya escapado más de una vez.

Después de todo, las escritoras también tenemos derecho a guardarnos algún secreto.

MUAAACKIS...MUAAACKIS

ELVA

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Comentarios

Vivian Jimenez
hace una hora

¡Me encanta! Te lo he dicho en otras ocasiones, amo que tus historias a pesar de ser ficción, son muy reales. Creo que eso es lo que nos hace pensar que están inspirados en alguien o que quizás es algo que viviste.

Creo que tanto a los escritores, como a los autores de canciones esa es la pregunta base: ¿Qué te inspiró? ¿Es una historia propia o es de alguien que conoces? Quizás porque eso nos conecta un poco más a la realidad.

En fin, disfruto de cada una de las historias que escribes, porque esa cabecita tuya no para.