La romántica va mucho más allá de dos personajes besándose.
A ver, hablemos claro.
De vez en cuando me encuentro con esa idea de que escribir novela romántica consiste en juntar a un hombre estupendo con una mujer que no se entera de nada, añadir unos cuantos malentendidos, alargar la historia hasta que llega el momento del beso y cerrar el libro con un final feliz. Como si todo lo que hubiera entre la primera mirada y ese beso fuera mero trámite.
Ojalá escribir fuera tan sencillo. Aunque, pensándolo bien, qué aburrimiento si lo fuera.
Porque un beso, por muy cinematográfico que sea, no sostiene trescientas páginas por sí solo. Puede ser el momento que llevas esperando desde el principio, pero para que te importe de verdad tienen que haber pasado muchas cosas antes. Y no me refiero únicamente a las discusiones, los malentendidos o esa manía que tienen algunos personajes de complicarse la vida cuando bastaría con sentarse cinco minutos a hablar.
Me refiero a todo lo que hay detrás.
A esos personajes que llegan a la historia con su pasado, sus miedos, sus contradicciones, sus trabajos, sus familias cotillas y sus propias ideas sobre lo que significa querer a alguien. A las experiencias que los han convertido en quienes son, a las decisiones que toman y a las que llevan años evitando. Porque enamorarse no borra de repente todo lo anterior, por mucho que a veces nos gustaría ahorrarnos algún que otro quebradero de cabeza.
Y luego está la vida, que tiene la mala costumbre de seguir su curso mientras tú intentas aclararte con tus sentimientos. Hay amistades que te conocen mejor que tú misma, días en los que no tienes paciencia ni para ti, conversaciones que se quedan dando vueltas en la cabeza y mensajes que analizas más de la cuenta. No todo gira alrededor de la persona de la que te estás enamorando, aunque a ratos te cueste pensar en otra cosa.
Eso también forma parte de una historia romántica. Y, para mí, ahí es donde empieza lo interesante: cuando los personajes dejan de ser dos piezas colocadas sobre un tablero para llegar al final previsto y empiezan a comportarse como personas. Con sus virtudes, sus defectos, sus manías y esa extraordinaria capacidad para tomar una decisión equivocada justo cuando parecía que, por fin, habían aprendido algo.
Porque no quiero que mis personajes se enamoren y, de pronto, todo lo demás desaparezca. Quiero saber quiénes son cuando están juntos y quiénes son cuando no lo están. Qué lugar ocupan sus amigos en sus vidas, qué arrastran de su pasado, qué están dispuestos a cambiar y qué no deberían tener que cambiar por nadie. Quiero que la relación importe, por supuesto, pero también que tenga sentido dentro de las vidas que llevan.
Por eso, cuando llega ese beso que llevas páginas esperando, lo que importa no es el beso en sí. Es todo lo que significa para quienes lo protagonizan. Lo que han tenido que reconocer, lo que han dejado atrás y lo que todavía les queda por descubrir. Si la historia ha hecho bien su trabajo, no necesitas que nadie te explique por qué ese momento importa. Lo has vivido con ellos.
Y no, eso no significa que todas las novelas románticas tengan que ser profundas, dramáticas o estar llenas de conflictos existenciales. También hay historias que te hacen reír, personajes que se meten en unos líos monumentales y lecturas que disfrutas precisamente porque te permiten desconectar. La comedia romántica, por suerte, no está reñida con contar algo que merezca la pena.
Escribir romántica no consiste en demostrar que el amor lo puede todo ni en colocar a dos personas juntas para que vivan felices y coman perdices. Consiste en contar una historia en la que te importe lo que les sucede, en la que entiendas sus decisiones, aunque a veces te entren ganas de sentarlos delante de ti para preguntarles qué demonios están haciendo.
Y si, después de acompañarlos durante toda esa historia, llega el beso y te descubres sonriendo como una idiota, entonces sí: el beso ha merecido la pena.
Porque no se trata de escribir sobre dos personas que se besan. Se trata de conseguir que, cuando por fin lo hagan, tú también estés deseando que ocurra.
Y ahora te pregunto: cuando lees una novela romántica, ¿qué hace que te impliques de verdad en la historia? ¿La evolución de los personajes, las relaciones que construyen a su alrededor, el humor, los conflictos… o esa combinación de cosas que hace que no quieras despedirte de ellos cuando llegas a la última página?
Te leo en comentarios.
Añadir comentario
Comentarios