Mis personajes tienen una vida más interesante que la mía. Y eso empieza a ser preocupante.
Te cuento: hay días en los que me siento frente al ordenador y mis personajes se empeñan en vivir por encima de mis posibilidades. Sí, he dicho mis, no «sus». Los mando de viaje por Europa, les organizo encuentros cargados de tensión sexual, les busco amores imposibles, les complico la existencia con secretos familiares y les hago tomar decisiones que, en la vida real, me obligarían a sentarme con una tila y llamar a una amiga. Ellos, mientras tanto, siguen adelante. Se enamoran, se desenamoran, se equivocan, huyen, regresan y, cuando parece que por fin van a tener un poco de tranquilidad, voy yo y les organizo otro desastre.
Sí, porque hay una cosa que tengo que reconocer: a mis personajes no les doy tregua.
Eso sí, tampoco voy a permitir que se quejen. Soy mejor que Cupido. Él se dedica a lanzar flechas y a confiar en que la cosa funcione. Yo me encargo de que mis personajes hagan match, aunque para conseguirlo tenga que ponerles la vida patas arriba. Y, si el asunto se complica demasiado, también ejerzo de terapeuta. Una terapeuta peculiar porque, a veces (ejem, ejem… siempre), soy yo misma quien les ha provocado el trauma, pero terapeuta al fin y al cabo.
Después está mi vida, que, comparada con la suya, resulta bastante menos cinematográfica.
Mis personajes, por ejemplo, tienen una banda sonora a la altura de sus vidas. Les preparo una playlist en Spotify con las canciones perfectas para cada momento: las que acompañan sus viajes, las que suenan cuando se enamoran y esas que parecen escritas expresamente para cuando por fin se atreven a reconocer lo que sienten.
Ellos tienen su banda sonora cuidadosamente seleccionada. Yo, en cambio... No, no puedo decir que carezca de banda sonora. De hecho, el curso pasado tuve una canción instalada en el cerebro que se reproducía en bucle sin que yo hubiera contratado semejante servicio.
El grupo de Starters aprendió los meses del año con January, February, March…, y yo me aprendí la cancioncita también. A la fuerza, claro. Porque una cosa es enseñar inglés y otra muy distinta es descubrir que, cuando sales de clase, tu cerebro ha decidido prolongar la jornada laboral por su cuenta.
Por si los meses no fueran suficientes, también están los Days of the Week y el inolvidable On, in, under, by…. Grandes éxitos de mi Spotify particular, ese que nadie me ha preguntado si quiero escuchar y que, por lo visto, no contempla la opción de saltar canción.
Menos mal que, cuando salgo a caminar, puedo ponerme los auriculares y escuchar la música que me apetece. Aunque reconozco que me encantaría que, de pronto, empezara a sonar por todas partes, como en una película musical. Voy por la calle, arranca una canción, los transeúntes se coordinan espontáneamente y hasta el señor que lleva una bolsa del supermercado se marca una coreografía.
Yo pongo de mi parte. El problema es que, de momento, nadie más parece haber recibido el aviso.
Claro que, si hablamos de vidas de película, la de mis personajes juega en otra liga.
Por ejemplo, Eva, la protagonista de Menta y Chocolate, ha pasado por Bonn, París, Londres y Roma. Yo he recorrido esas ciudades con ella sin necesidad de hacer la maleta, reservar hoteles ni comprobar si llevo el cargador del móvil. Le he organizado los desplazamientos, he decidido qué iba a encontrar en cada lugar y me he preocupado de que sus viajes tuvieran sentido en su historia.
Y, mientras Eva vive sus aventuras, yo puedo pasarme una mañana entera sentada delante del ordenador. Cuando por fin levanto la cabeza, descubro que tengo hambre, que hay cosas pendientes y que el mundo ha seguido funcionando perfectamente sin necesidad de consultarme.
Mis personajes también tienen una vida sentimental bastante más agitada que la mía.
Pueden pasarse años sin confesar lo que sienten, protagonizar encuentros cargados de significado y convertir una mirada en un acontecimiento digno de estudio. Mmm... Estoy pensando que igual la mía es digna de ser novelada, pero volvamos al concepto temporal. Ellos pueden pasar 20 años para decir un ansiado «te quiero», mientras yo puedo pasarme veinte minutos intentando recordar para qué había entrado en una habitación, o como seguir una escena.
No sé si hay una relación entre ambas cosas, pero me parece que alguien debería investigarlo.
Lo más curioso es que, cuando mis personajes sufren, yo sufro con ellos. Cuando toman una decisión desastrosa, me llevo las manos a la cabeza. Cuando se empeñan en no hablar claro, me entran ganas de sentarlos delante de mí y preguntarles si les cuesta tanto decir cuatro palabras seguidas.
Luego recuerdo que soy yo quien ha escrito sus diálogos.
La falta de comunicación la he escrito yo. Los malentendidos también. Y si llevan doscientas páginas dando vueltas alrededor de lo evidente, quizá no sea el momento de reprocharles nada.
Aunque ganas no me faltan.
Escribir tiene estas contradicciones. Una puede pasarse horas buscando la manera de resolver un problema ficticio mientras deja para mañana uno real que lleva días esperando atención. Puede organizar la vida de una familia imaginaria con una precisión envidiable y olvidarse de algo que tenía que hacer en la suya.
No sé si eso es imaginación, vocación o una manera particularmente sofisticada de procrastinar. Quizá sea una mezcla de las tres.
Lo que sí sé es que mis personajes tienen una ventaja considerable: al final, alguien se ocupa de ellos.
Si se enamoran de la persona equivocada, intervengo. Si necesitan enfrentarse a sus miedos, les preparo el escenario. Si están a punto de tirar la toalla, les doy un motivo para seguir. Y si todo parece perdido, siempre puedo recurrir a esa combinación de casualidad, destino y cabezonería que tan bien funciona en una novela romántica.
En la vida real no siempre puedo hacer lo mismo. No tengo acceso al guion de los demás, no puedo garantizar que las cosas salgan como me gustaría y, por mucho que me empeñe, hay situaciones que no se resuelven con una buena conversación y un beso en el momento oportuno.
Una lástima, porque tengo bastante práctica con ambas cosas.
Al terminar una novela, mis personajes se quedan con sus historias. Yo cierro el documento y regreso a la mía. Me esperan las tareas pendientes, las obligaciones y esa lista de cosas que parece reproducirse por esporas.
Y, por supuesto, también me espera el trabajo de conseguir que alguien descubra que esa historia existe.
Ellos ya han tenido su viaje, sus conflictos y su final. Yo todavía tengo que ocuparme de que encuentren lectores.
Pero mañana volveré a sentarme delante del ordenador. Porque, aunque a veces me pregunte quién me mandaría a mí meterme en estos berenjenales, siempre termino encontrando otra historia que contar.
Y a otros dos personajes a los que enamorar.
Que no se quejen, insisto. Cupido lanza flechas. Yo, además, les escribo la historia, les organizo los encuentros y me aseguro de que lleguen al final juntos.
Si eso no es ofrecer un servicio integral, que venga Cupido y me lo explique.
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