Mismamente yo: ¿En qué momento ligar se convirtió en una inspección técnica?

Publicado el 30 de octubre de 2026, 7:00

 

Pereza infinita. Sinceramente, si ahora mismo no estuviera felizmente casada y quisiera volver al mercado del ligoteo, puaff, me daría un perezón tremendo. Primero, porque mientras te escribo estoy la mar de cómoda, en camiseta, pantalón de pijama y esas zapatillas calentitas que creí que no volvería a usar porque el calor se había instalado como esas visitas que no entienden que te quieres ir a la cama. Pero, rota ya mi imagen de niña cuqui, esa que siempre iba peripuesta, vayamos al meollo de la cuestión.

¿Te has planteado el enorme listado de vocabulario emocional que manejan las nuevas generaciones? Estoy por pensar que, hoy en día, en vez de salir con aquella minicarterita en la que no sé cómo conseguía meterlo todo, tendría que llevar un maletín de perito judicial y un bloc bajo el brazo.

Antes, la cosa era bastante más rústica, pero infinitamente más espontánea. Conocer a alguien implicaba aceptar el caos de la incertidumbre: lidiar con una conversación coja, aguantar a un tipo que te daba la chapa con un tema infumable mientras descubrías que no leía ni las etiquetas del champú o darte cuenta, a la tercera cita, de que tenía un edema de inmadurez considerable. Vamos, que era un Peter Pan de manual. Era un riesgo, sí. Pero también había margen para descubrir quién tenías delante. Y, si la cosa no funcionaba, siempre podías darle la patada para enviarlo directo a Nunca Jamás. Bueno, igual era metafórica, pero en tu cabeza era real como la vida misma.

Hoy la película ha cambiado de banda. Antes de que el camarero te apoye la caña en la mesa, tu cabeza ya le ha pasado al ejemplar de enfrente un escáner de alta precisión. Que si habla demasiado de su pasado, red flag. Que si desaparece durante días y reaparece como si nada, posible ghosting de manual. Que si te da una de cal y otra de arena, quizá estés ante el famoso breadcrumbing. Y que si no quiere ponerle nombre a lo que tenéis, toca averiguar si estáis viviendo una relación sin etiquetas que os funciona a los dos o una situationship en la que solo una persona espera que aquello llegue a alguna parte.

Nos hemos matriculado todas en un máster exprés de psicología forense aplicada al ligoteo. Y ojo, que no digo que esté mal ponerles nombre a las faenas de siempre. Si alguien desaparece sin dar explicaciones, te manipula o juega deliberadamente con tus sentimientos, no necesitas concederle una segunda temporada para comprobar cómo acaba la serie. El problema aparece cuando convertimos el acto de conocer a alguien en una auditoría de riesgos laborales.

Vamos con la lupa de diez aumentos buscando el fallo de origen en el software del otro antes de permitirnos, aunque sea un segundo, sentir una simple chispa. ¿Y si resulta que esa persona no es un narcisista de libro ni tiene un problema severo de apego evitativo, sino que sencillamente es alguien tan torpe como tú, con sus manías, sus meteduras de pata y algún día atravesado?

Porque una cosa es reconocer las señales que nos advierten de que algo no va bien y otra muy distinta es convertir cada gesto en una prueba irrefutable. Que alguien esté nervioso en una primera cita, no encuentre las palabras adecuadas o necesite tiempo para abrirse no significa necesariamente que esconda un historial de desastres sentimentales. A veces, sencillamente, las personas somos complicadas, nos equivocamos y necesitamos algo más de una conversación para mostrar quiénes somos.

Ahora bien, tampoco confundamos dar margen con hacer horas extra justificando comportamientos que nos hacen daño. No es lo mismo una torpeza puntual que una falta de respeto repetida; ni una diferencia de carácter que pasarte la vida intentando convencer a alguien de que te trate bien. Y no, tampoco tienes que convertirte en la terapeuta particular de nadie, ni esperar a que madure, ni demostrar cuánto sabes querer aguantando lo que no quieres para tu vida.

La perfección no existe en el catálogo de nadie, pero eso no significa que tengamos que conformarnos con cualquier cosa. No necesitamos una persona homologada de fábrica, sin defectos ni contradicciones, aunque sí alguien con quien podamos estar a gusto, hablar con honestidad y sentir que el interés va en las dos direcciones.

Quizá la cuestión no sea dejar de buscar señales de alarma, sino aprender a distinguir entre una imperfección humana y algo que no estamos dispuestas a aceptar. Conocer a alguien requiere tiempo, curiosidad y cierta disposición a dejarse sorprender. También requiere escucharse a una misma y tener claro que una cosa es aceptar que nadie es perfecto y otra hacer malabares para encontrarle una explicación a todo.

Así que, menos inspección técnica y un poquito más de margen para el desastre humano. Que al final, lo bonito de tropezar con alguien es descubrir lo que hay debajo del envoltorio, no exigir un certificado de calidad en el primer asalto.

Eso sí, que nadie confunda dar una oportunidad con conformarse con las migajas. Para eso, mejor quedarse en casa con el pijama, las zapatillas calentitas y la tranquilidad de no tener que pasarle el escáner a nadie.

Muaaackis...muaaackis

Elva

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