Diatribas de una escritora: El feminismo en la novela romántica

Publicado el 4 de noviembre de 2026, 8:00

 

   A ver si nos aclaramos de una vez. Todavía hay quien piensa que escribir comedia romántica es dedicarse a fabricar carruseles de princesas pasivas esperando a que el tío de turno las rescate de su aburrida existencia. Como si nos hubiésemos quedado ancladas en el siglo XIX.

Pues no, mire usted.

   El feminismo en la literatura romántica no es una cuota que hay que cumplir ni un sello de calidad que se le adosa a la portada con pinzas. Es, sencillamente, el reflejo de una sociedad que ha cambiado y de unas mujeres que ya no responden a un único modelo. Porque llevamos unas cuantas décadas demostrando que una puede tener muy claras sus prioridades, un trabajo que le quita el sueño, un sentido del humor a prueba de bombas y, al mismo tiempo, ganas de que le revuelvan las entrañas con una buena historia de amor. Las cosas han cambiado, aunque a algunos les cueste seguir el ritmo.

 

 1. Protagonistas con los pies en la tierra (y la cabeza muy amueblada)

 

   Nuestras protagonistas ya no necesitan que las salven de nada, entre otras cosas porque tienen suficiente jaleo pagando la hipoteca, gestionando su vida y tomando sus propias decisiones como para encargarle ese trabajo a un tercero.

   Y tampoco es que esto sea una reivindicación recién inventada. Ahí tenemos a Jo March, de Mujercitas (1868), que hace generaciones ya nos enseñaba que una mujer podía tener aspiraciones propias, querer ser escritora, defender su independencia y no estar dispuesta a aceptar sin más el papel que la sociedad había reservado para ella.

   Jo quería escribir su propia historia, en el sentido más literal de la expresión. Y aunque su vida sentimental formara parte de ella, nunca fue lo único que la definió.

   Si se enamoran, nuestras protagonistas lo hacen desde la libertad de quien elige estar con alguien, no desde la necesidad desesperada de que su vida cobre sentido gracias a un hombre. Una mujer real se equivoca, tiene dudas, tiene ambiciones y no pide permiso para ser imperfecta.

 

 2. El fin del «aguantar carros y carretas»

 

   El romanticismo de sufrir en silencio pasó a mejor vida. La literatura romántica actual entiende que los celos no son una prueba de amor, que el control no es protección y que la intensidad no justifica las faltas de respeto.

   Las relaciones que nos interesan son las que se construyen desde la reciprocidad y el respeto. Y, oiga, si hay tira y afloja, que sea dialéctico y divertido, no un ejercicio de desgaste emocional.

   Eso no significa que nuestros personajes tengan que ser perfectos, que no puedan equivocarse o que las relaciones deban estar libres de conflictos. ¡Menudo aburrimiento! Significa que una cosa es contar una historia con personajes complejos y otra muy distinta presentar determinadas conductas como si fueran grandes demostraciones de amor.

 

 3. Hombres que no necesitan ser el centro del universo (ni salvadores)

 

   Los protagonistas masculinos también han evolucionado. No necesitamos que sean perfectos ni que carezcan de conflictos, pero sí que sepan que una relación se construye entre dos personas.

   Queremos hombres capaces de mostrar vulnerabilidad, de reconocer sus errores, de respetar los espacios de la otra persona y de entender que querer no significa poseer.

   Y no, eso no les resta atractivo. Un hombre puede ser apasionado, tener carácter, resultar tremendamente seductor y seguir entendiendo que la mujer que tiene delante es una persona con voz propia, deseos y decisiones.

 

 4. ¿Manifiesto o buena novela?

 

   Seamos claros: una novela romántica no es un ensayo sociológico ni tiene que dar lecciones magistrales en cada capítulo. Escribimos para emocionar, para hacer sonreír, para hacer suspirar y para que pases un rato inolvidable.

   Pero una cosa no quita la otra. Se puede contar una historia ligera y fresca sin reproducir esquemas que ya no representan a buena parte de la sociedad actual.

   Tampoco necesitamos convertir a nuestras protagonistas en superheroínas de la independencia, mujeres que nunca dudan, nunca se equivocan y jamás necesitan a nadie. La libertad también consiste en poder elegir cómo queremos vivir, amar y relacionarnos.

   La literatura romántica puede ser divertida, apasionada, emocionante y tener mucho sentido del humor sin renunciar a una mirada actual sobre las mujeres y las relaciones.

   No todas las novelas tienen que transmitir el mismo mensaje, ni todas las escritoras tenemos que abordar los mismos temas. Precisamente ahí está la riqueza de la literatura.

   Al final, se trata de contar historias de mujeres con voz propia, que toman decisiones, se equivocan, se enamoran y siguen siendo dueñas de sus vidas. Porque el amor puede ser el protagonista de una novela sin que la mujer protagonista deje de serlo de su propia historia.

Y tú, ¿qué buscas en una buena historia de amor?

Muaaackis...muaaackis

Elva

 

 

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