Hemos pasado de seguir a alguien porque nos gustaba a tener la extraña sensación de formar parte de un rebaño. Un ejército invisible, pero constante, de personas dedicadas a decirnos qué comprar, qué leer, qué comer, dónde viajar, cómo decorar el recibidor, cómo criar a nuestros peques…
Ojo, que igual aquí tendría que meterme yo en el saco. En su día empecé en la blogosfera con un blog llamado Cuando olía a vainilla. Bueno, en realidad, no era un blog dedicado a la crianza, sino a contar mis aventuras y desventuras con mi comando piojo —hijo humano y canino—. Tal vez precisamente por ese tono de humor y por contar la realidad sin demasiado filtro fue por lo que destacó en redes en su momento.
Dejando eso a un lado, porque una también tiene pasado, lo que ahora mismo me toca las narices, y mucho, es otra cosa.
He de decir que, de resto, no sigo ninguna cuenta de influencers. Me importa bastante poco cómo vive fulanito o menganita, qué desayuna, qué bolso se ha comprado o qué hotel maravilloso acaba de descubrir en un rincón perdido del Mediterráneo.
Pero hay algo que sí me toca mucho la moral: las supuestas reglas mágicas para escribir una novela. Una comedia romántica, eso sí, sin morir en el intento.
Porque resulta que ahora parece que escribir una novela es cuestión de seguir una receta:
Tres pasos para crear un personaje inolvidable.
Cinco trucos para conseguir una historia adictiva.
Siete errores que debes evitar si quieres publicar.
La fórmula definitiva para escribir una novela que venda.
Y yo qué sé.
Que algunos lo digan y otros se lo crean me fascina.
Porque, en algún momento, hemos conseguido instalar la idea de que la escritura está al alcance de cualquiera siempre que tenga ganas, una buena historia y, a ser posible, una plantilla descargable.
Igual estás pensando:
Si tú puedes, yo también.
Sí, sí. Lo tengo clarísimo. Y también tengo claro que me pueden criticar por esto. No le voy a gustar a todo el mundo.
No todo el mundo es inteligente y tiene buen gusto.
Ja, ja, ja.
Bueno, tenía que decirlo, y lo dije. No quiero envenenarme con mi propio veneno.
Pero probablemente nosotras mismas nos hemos creado parte de esta trampa. Hemos contribuido a hacer creer que todo dios puede publicar una novela porque, efectivamente, hoy todo dios puede publicar una novela.
Otra cosa muy distinta es escribirla.
Y otra todavía más distinta es escribirla bien.
Porque quizá hemos confundido democratizar la publicación con democratizar la escritura.
Y no son lo mismo.
Pero volvamos al tema central, que me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Las redes sociales nos prometieron la fiesta de la autenticidad y hemos terminado gestionando una fábrica muy seria de vidas perfectamente empaquetadas para ser consumidas en serie. Ahí es donde se instala la fatiga.
Ya no nos engaña la supuesta espontaneidad que lleva tres horas de preparación, luz y focos. Ni el clásico «os cuento esto porque me lo habéis preguntado muchísimo» cuando sabemos perfectamente que nadie ha abierto la boca para preguntar semejante detalle. Tampoco cuela ya el producto «que me ha cambiado la vida» y que aparece en escena, de manera completamente casual, acompañado de un enlace de afiliación. Y, por supuesto, duele especialmente cuando esa recomendación literaria que parecía un flechazo genuino resulta ser una campaña publicitaria con guion y tarifa.
Hemos convertido cualquier experiencia en contenido.
Una comida. Un viaje. Una ruptura. Una mañana de domingo. Una crisis existencial. Una novela. Todo puede convertirse en contenido si conseguimos encontrar el encuadre adecuado.
Y lo que es peor: hemos permitido que nos vendan la ilusión de que no tener criterio propio es una forma moderna de vivir en comunidad.
Quizá no estamos ante la caída de los influencers, sino ante el final de una determinada manera de influir.
Porque hoy el creador de contenido ya no compite solamente contra su compañero de algoritmo. Compite contra algo mucho más difícil de torear: la desconfianza generalizada.
Ya no basta con parecer auténtico.
Hay que resultar creíble.
Y quizá ahí esté el verdadero cambio. El problema real no es que hayan dejado de influirnos. Es que hemos empezado a hacernos la pregunta incómoda, la única que importa: ¿por qué demonios deberíamos dejar que lo hagan?
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Si esto es cierto y, verdaderamente, estamos asistiendo a su caída, bienvenida sea. Nunca he entendido el éxito de esta gente.