Mismamente yo: El misterio del moreno escritoril

Publicado el 25 de septiembre de 2026, 8:00

 

Nos venden la llegada del otoño como una postal idílica: hojas caídas, mantita de sofá, café humeante y esa luz melancólica que supuestamente inspira. De hecho, a mí la caída de las hojas me inspiró en su día uno de los elementos fundamentales de Tenías que ser tú, mi novela otoñal por excelencia... aunque en la trama esa caída responde más a la magia que a una simple cuestión estacional.

Como todas saben, a este lado del hemisferio esta semana hemos entrado en el otoño, esa bucólica y romántica estación que tanto juego da para una romcom. El problema es que alguien debería avisarle al clima.

Porque el cambio climático, ese que algunos siguen sin ver, ha decidido que las cuatro estaciones son demasiadas y que podemos ir tirando con dos: muerte por calor o ahogamiento súbito.

Y aquí estoy yo, mientras escribo esto, bronceándome.

Lorenzo, o el dios Ra,a estas alturas me da igual como quieras llamar al astro rey, no pide permiso, se cuela por la ventana y me está dejando el brazo derecho morenito, morenito.

Todo el mundo habla del famoso «moreno albañil», ese clásico veraniego que marca con precisión milimétrica la camiseta de obra. Pero nadie habla de su variante literaria: el moreno escritoril.

Esa graciosa asimetría cutánea que te deja media cara o un solo antebrazo moreno por obra y gracia del sol, que se empeña en colarse cada día por el resquicio de la persiana mientras tú te dejas las pestañas tecleando.

Al final, una se pasa el año buscando musas y lo único que encuentra es un contraste de piel digno de estudio antropológico.

Eso sí, que nadie diga que no nos dejamos la piel en cada capítulo.

Literalmente, ja, ja. ja...

Y ahora tengo una duda importante: ¿soy la única escritora que está entrando en el otoño con moreno de ventana?

Muaaaackis... muaaaackis

Elva

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