Hay cosas que una aprende después de quince años escribiendo.
Aprendes a escribir una novela aunque tengas ganas de tirar el portátil por la ventana. Aprendes que la inspiración tiene la fea costumbre de aparecer cuando estás haciendo cualquier otra cosa. Aprendes a convivir con las erratas, con las dudas de última hora y con esa sensación de que, después de meses trabajando en una historia, el día que la publicas la sueltas al mundo y cruzas los dedos.
Lo que todavía no he aprendido es a entender Amazon.
Y mira que llevo años intentándolo.
El miércoles pasado salió publicada Menta y Chocolate. A los dos días tenía dos reseñas. Al tercero sucedió un misterio. No resucitó nadie, como dicen que ocurrió con Jesucristo, sino que desapareció una de ellas.
Sí, como lo lees.
Una reseña desapareció de la faz de la Tierra. Bueno, de Amazon.
¿Qué sucedió?
Ni idea.
No sé si se abrió un agujero de gusano, si estoy viviendo en una realidad paralela o si Amazon decidió que aquella reseña había tenido suficiente vida útil.
Lo que tengo claro es que esa reseña estuvo ahí, porque la lectora que la escribió está igual de sorprendida que yo. Y te diría que bastante más enfadada.
Y ahí me tienes, mirando la página del libro con esa expresión que ponemos cuando sabemos perfectamente lo que estamos viendo, pero necesitamos unos segundos para procesarlo.
No porque una reseña sea un número más.
Para una autora autopublicada, cada reseña cuenta. No voy a descubrirle a nadie que conseguir que una lectora termine tu novela, entre en Amazon y además se tome el tiempo de dejar unas palabras no es precisamente algo que ocurra todos los martes después del café.
Por eso, cuando aparece una reseña nueva, te hace ilusión.
Y cuando desaparece, te preguntas qué ha pasado.
¿La ha borrado la lectora? En mi caso tengo claro que no ha sido así. ¿Ha sido Amazon? ¿Se ha producido algún error? ¿Ha decidido el algoritmo que esa reseña necesitaba unas vacaciones?
Misterios insondables de la vida moderna.
Y esto me ha llevado a pensar en algo que las autoras autopublicadas conocemos bastante bien: la curiosa relación que mantenemos con las estadísticas.
Publicamos.
Miramos las ventas.
Miramos las páginas leídas.
Miramos las reseñas.
Volvemos a mirar las ventas.
Actualizamos.
Esperamos.
Volvemos a actualizar.
Y, de vez en cuando, intentamos averiguar qué demonios significa todo lo que estamos viendo.
Con Kindle Unlimited, por ejemplo, las páginas leídas que aparecen en nuestro panel no son necesariamente una fotografía exacta e inmediata de lo que está ocurriendo. Amazon explica que las cifras pueden actualizarse y cambiar, y que los datos no se consideran definitivos hasta aproximadamente mediados del mes siguiente.
Lo cual tiene todo el sentido del mundo desde el punto de vista de un sistema informático.
Desde el punto de vista de una escritora que acaba de publicar un libro y mira el contador como quien mira el monitor de un paciente en la UCI...
Bueno.
Digamos que ayuda poco a la tranquilidad.
Porque además vivimos en una época en la que estamos acostumbrados a saberlo todo inmediatamente.
Cuántas personas han visto una publicación.
Cuántas han hecho clic.
Cuántas han dejado de seguirte.
Cuántas han llegado a tu perfil.
Cuántas páginas han leído.
Cuántos ejemplares has vendido.
Y, si pudiera ser, también estaría estupendo saber qué demonios piensa el algoritmo mientras hace todo eso.
Pero no.
El algoritmo permanece en su dimensión paralela, haciendo cosas que probablemente ni él mismo entiende, mientras tú intentas sacar conclusiones con tres cifras y una calculadora.
Y aquí viene la parte en la que me río para no llorar.
Porque una cosa es escribir.
Otra muy distinta es intentar entender todo lo que ocurre alrededor de lo que escribes.
Y eso es especialmente cierto cuando autopublicas.
No tenemos una editorial a la que escribir para preguntar si una cifra tiene sentido. No tenemos un departamento de marketing que nos explique por qué un día un libro despega y al siguiente parece que ha desaparecido de la faz de la Tierra.
Tenemos un panel de control.
Y nuestra intuición.
Y Google.
Y, a veces, otras escritoras igual de perdidas.
Así que aquí estoy.
Con unas estadísticas que seguirán actualizándose cuando les parezca oportuno y una novela recién salida del horno que, por suerte, no depende únicamente de una cifra en una pantalla.
Porque Menta y Chocolate ya está fuera.
La historia existe.
Eva y Andrés existen.
Las lectoras que han llegado hasta ellos existen.
Y las palabras que alguien ha decidido escribir después de leerlos también han existido, aunque hoy Amazon haya decidido jugar al escondite conmigo.
Cuando esta Diatriba se publique será miércoles. Yo habré mirado un millón de veces la página del libro. Quiero pensar que habré sonreído otro millón de veces al ver tus reseñas y que las desapariciones serán cosas del pasado.
¿Tendrá Amazon un departamento de reseñas perdidas?
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